Balata en blú
La frase:
piececitos azulados de frio…, me enternecía. Buscaba el porqué, me recordaba
quizás a la mendiga que encontrábamos cuando éramos niñas, íbamos al colegio y
atravesando la última manzana antes de llegar, aparecía ella, todos los días,
sentada en el bordillo de la acera. Con la mano extendida, pedía la caridad,
sin hablar.
Iba mal
calzada y se ponía una especie de trapos atados a los tobillos, se veían unas
piernas con mala circulación llenas de varices y un color azulado circundaba la
zona de los pies.
Todas las
niñas éramos un poco temerosas de ella, cuando en realidad la pobre tenía un
aspecto tan triste y escuálido que inspiraba ternura en vez de miedo. Pero los
niños somos así, en ocasiones crueles y bandidos ante el desconocimiento de las
vilezas de la vida.
Ahora,
arrodillada ante el hombre al que amaba, le suplicaba que me desatara las
hebillas de las correas de cuero que me apretaban y cortaban la circulación en
la zona inferior de las piernas.
Esa noche
había sido hard y muy excitante, como siempre.
De las
muñecas habían desaparecido ya las marcas, solo me quedaban dos pequeñas
moraduras a la altura de la clavícula izquierda, evidencia de la presión de sus
maravillosos dedos sobre mí no menos preciada piel. Último resquicio del
placer: “Balada en blú”,oía débilmente sus notas provenientes del apartamento
de al lado.
Mar Floría
Guisasola
